narrativa

EL AJI

Mis queridos niños - les decía Aliuscha
a los escolares, en el entierro de Iliancha -,
sabed que no hay nada más elevado, más
poderoso, más útil que un buen recuerdo
de la infancia; el hombre que logra reunir
muchos, está salvado para toda su vida.
Pero uno solo basta.
DOSTOIEVSKI

Se llamaba Lucas Salazar, pero ningún muchacho le sabía nombre ni apellido. Su mote, "El Ají", puesto a causa de la irritabilidad de su carácter, se perpetuaba de generación en generación de muchachos, sus alumnos, y había quienes, ya hombres, ignoraban que se llamaba Lucas Salazar. Menudo, encorvado, su nariz ganchuda, como si fuese un animal curioso, salía de aquel rostro canijo, lleno de chuzas... "El Ají" envejecía año por año, siempre diciendo las mismas cosas, en aquella aula de 4o. grado del Instituto Pinet, un colegio particular. Seguramente había entrado joven, porque ya tenía ex alumnos con título universitario. Quizá entrara al Instituto provisoriamente, como para salvar una mala situación momentánea, y ésta se había prolongado meses y años, hasta que, ya envejecido, encorvado, enfermo, rota la voluntad como si fuese la cuerda de un mecanismo, se quedó allí, definitivamente - ¡oh, si lo sabría él ahora! - enseñando la regla de tres y la analogía a oleadas de muchachos que, no bien terminado el año, lo olvidaban, hasta no saludarlo al verle en la calle. "El Ají" comprendía que sus alumnos no lo querían. Alguna vez se hizo el propósito de conquistar ese cariño que, al envejecer, iba necesitando; pero chocaban contra su temperamento irritable. Cualquier cosa lo hacía gritar y dar patadas contra el suelo. Chocaba también contra la tradición, contra su fama de "perro" - según la expresión escolar -. Los muchachos, díscolos, recelosos, ya prevenidos por otros, no se le entregaban, y sus protestas de amistad, sinceras ahora que necesitaba cariño, eran acogidas con desconfianza. "El Ají" comprendía aquello, y se irritaba más y echaba al olvido sus propósitos, para gritar y patear de nuevo a la menor falta. Los chicos se vengaban en la calle. ¡Cuántas veces, al salir del colegio, había oído una voz aflautada, voz de mascarita, gritándole!:
- ¡Ají! ¡Ají!

La palabra le entraba como un pinchazo al maestro; y al día siguiente, clavaba en todas las caras sus ojos saltones de asmático, para ver cuál era la del culpable: ¡inútil! En todos leía el mismo impasible rencor. Cierta vez se le murió su único hijo: "El Ají", desconsolado, no pudo reprimir el llanto, y en todas las caras de niños que lo observaban, no vio más que asombro primero y burla después. ¡Oh! ¡Si se sintió solo, solo, terriblemente solo aquella tarde! Su drama no podía ser comprendido por los muchachos: necesitaba amor, y ellos veían en él al enemigo, al que gritaba e imponía penitencias, al que enseñaba cosas tan antipáticas como distinguir un adverbio de un pronombre... Implacable, en aquellos pechos de doce años, su solo nombre inspiraba odio; ellos, para aquel viejo pobre, sucio, mal vestido, solo en la vida, enfermo, imaginaban el mayor mal posible: "El Ají", fumador incorregible, no tiraba las colillas, las guardaba en un cajón, por economía, y luego liaba otros cigarrillos con aquel tabaco. Una vez un muchacho propuso:
- ¿Vamos a tirarle los puchos a "El Ají"?

Y le tiraron el cajón de colilllas a la basura. Desde entonces se las perseguían con tesón, como si las sucias colillas fuesen mariposas. El caso era hacerle mal, verlo rabiar y ponerse cárdeno, con las venas de la frente y el cuello tirantes como si fuesen a reventar, más saltones los ojos... ¡Cómo gozaban los muchachos entonces, cómo gozaban al ver su cólera impotente! Bien lo sabían: por más que le hicieran, el no podría pasar de sus pataleos y gritos habituales. El haber tocado a uno de ellos, nada más que tocado, le costaría el puesto, ¡y si veían ellos la necesidad en que estaba el mísero!, ¡cómo para arriesgarse a perderlo!

No todos lo querían tan mal. De tarde en tarde, entre tantos niños, llegaba alguno más sensible o más inteligente que se condolía de su traje remendado o reconocía que enseñaba bien, e intentaba defenderlo. Se le obligaba a callar. ¡Tantos eran los que "El Ají" había penitenciado o hecho pasar malas horas, obligándoles a aprender de memoria todos los afluentes del río Paraná!... Una característica de "El Ají" era llevar sombrero de paja ya muy entrado el invierno, hasta mediados de mayo y a veces principios de junio, con el fin de economizar su sombrero de paño. Y aquello era motivo de burlas. No faltaba la voz de mascarita que, ocultándose, le gritaba:
-¡Rancho! ¡Ranchooo!...

En un curso en que le tocó tener varios revoltosos, le robaron el sombrero de paja y lo rompieron. Esa tarde, escondidos detrás de las puertas, todos los chicos de la clase esperaban la salida de "El Ají". Después de mucho aguardar, le vieron con una galera vieja, color café con leche, la inconfundible galera café con leche del director, y esa tarde le gritaron:
-¡Sombrero regalado! ¡Pordiosero! ¡Pordiosero!...

Los muchachos se alejaron satisfechos de su venganza... ¡Ah, si hubiesen visto al anciano llegar a su cuchitril, avergonzado hasta la humillación, con aquella palabra, pordiosero!, punzándole los oídos, a tirarse sobre el lecho, quebrado...

Entre lo que se murmuraban los chicos unos a otros, de año en año, constaba que "El Ají" nunca faltó a clase. El día de la muerte del hijo, faltó sólo a la mañana, para ir al cementerio; por la tarde fue a clase... Y aquella mañana, en la que ya dadas las ocho, no lo vieron entrar, despacito, encorvado, y sin decir nada sentarse ante su mesa y comenzar el dictado, los chicos no salían de su asombro: ¡Falta "El Ají"! Necesariamente algo muy grave debía ocurrirle. Aquella misma mañana lo supieron por boca del director. El maestro estaba gravísimo, en cama. Tenía un cáncer. ¿Un cáncer? ¡Oh, aquella era una enfermedad terrible! Vagamente habían oído hablar de ella, de muchos que de ella habían muerto. Cuando salió el director, la clase se llenó con el run run de los comentarios.
-¡Un cáncer! - exclamó uno, y su tono era de himno.
-¡Faltará muchos meses! - dijo otro, y aplaudió. -¡Lindo! - gritaron algunos.

Y Paco, un gordo que jamás se estaba quieto, "el más burro de la clase", según lo había calificado el propio maestro, gritó:
-¡Que reviente!

Jacinto, uno de los más grandes, mozo de 15 años ya de pantalón largo, murmuró:
-¡Pobre!

Como piedras le cayeron las protestas de los demás:
- ¿Pobre? ¡Una vez me hizo copiar veinte veces el verbo "haber"!
- ¿Pobre? ¡Y una vez me tuvo dos horas después de la clase porque me olvidé el libro de lectura!
- ¿Y a mí que me tuvo toda una tarde parado?
- ¿Y a mí que me dejó una semana sin recreo?

El gordo Paco, sin decir todos los castigos que pudo haber recibido, sintetizó de nuevo el sentir de todos, ronca la voz y torva la faz:
-¡Que reviente!

Pasaron tres días. El director les daba clase por la mañana y la tarde era de holgorio: contar cuentos, jugar al ta-te-tí... Al cuarto día, el director se presentó con otro maestro, un joven; anunció que el enfermo seguía muy mal; y como el nuevo maestro resultó ser de un carácter bonachón y enseñaba todo intercalando anécdotas y cuentos, y sin acordarse de que existían penitencias, los muchachos se preguntaban, casi sin miedo, si "El Ají" sanaría.

Una mañana entró el director a traerles noticias del enfermo:
- Mañana lo llevan al hospital para operarlo. Está gravísimo...seguramente... ¡En fin!... ¡Allá veremos!...

Y no dijo más, dejando en algunos de los niños, sin nombrarla, con sólo el gesto enigmático, el frío de la palabra terrible. Jacinto preguntó:
- ¿Y podría morir de la operación?
- Sí, puede...
- Señor, dijo el muchacho conmovido - ¿que le parece si lo fuéramos a ver todos esta tarde?...
- Me parece bien, vayan. No quería decirlo, pero es posible que muera en la operación. Vayan esta tarde, su nuevo maestro puede acompañarlos.
- Disculpe - dijo éste -, mi presencia, me parece a mí, sólo le va a causar tristeza: al fin soy su sustituto... puede pensar que tal vez no vuelva más...
- Tiene razón, no había reparado en ello - respondió el director -. Usted, Jacinto, sabe las calles..
- Sí, yo sé dónde queda. Nos reuniremos aquí en el colegio, y los llevaré.
- ¡Bien, no falte ninguno! - advirtió el director antes de salir de la clase. Ninguno faltó: desde Jacinto, que nunca había sido penitenciado por el maestro, hasta Paco, el que más penitencias recibiera, todos estaban allí, dispuestos para la visita. Ya en la calle, Jacinto propuso:
- ¿Qué les parece, muchachos, si le compramos alguna cosa? ¿Tienen plata? Yo pongo tres pesos.
- Yo tengo ochenta centavos.

- Yo tengo un peso.
- Yo, treinta y cinco centavos y diez para el tranvía.
- ¡Yo no pongo nada!

Era Paco quien hablaba así con su voz ronca y su torva faz de odio. Su negativa fue el comienzo del desbande; otros comenzaron a negarse también, y aun los mismos que ya se habían ofrecido:
- ¡Yo tampoco pongo nada!
- Yo con estos veinte que tengo me compro algo para mí.

Seguían las defecciones, y Jacinto, con voz seca, dijo:
-¡No le llevemos nada! ¡Vamos!

Comenzó a andar muy grave y silencioso; en tropel, veinte chiquillos lo seguían. Llegaron así, después de mucho caminar, frente al número que Jacinto llevaba apuntado en el puño de la camisa.
- ¡Aquí es! - dijo, y miró la casa - ¡Sí, aquí es! - aseguró como si dudara todavía.

La casa tenía un aspecto deleznable, era un conventillo de paredes pringosas. Entró Jacinto y los demás le siguieron. Se encontraron en un patio al que rodeaban piezas altas y bajas; todo tan sucio que hasta parecía sucio el aire encerrado en él. Cuerdas de las que colgaban calzoncillos y camisas lo embanderaban. En la puerta de la primera pieza había una vieja sentada, tomando mate; el muchacho la interrogó:
- ¿No sabe, señora, cuál es la pieza de un maestro?...
- ¿Cómo se llama?
- ¿Cómo se llama? No sé...

Otra voz femenina salió de adentro de la pieza:
- Será el enfermo de la pieza 78, mamá, es maestro.
-¡Sí, sí, es el enfermo!
- ¿El que mañana van a llevar al hospital?
- Sí, señora.
- Vengan, yo les voy a mostrar la pieza. Yo soy la encargada. Aunque quien sabe si pueden verlo. Está muy mal. ¿Ustedes son alumnos de él?
- Sí, señora.

Pasaron a un segundo patio, más ancho y más sucio que el primero. Todos aquellos niños, cuyos padres podían pagarles colegio particular, de familias bien acomodadas y que jamás habían entrado a un conventillo, miraban sin explicarse aquello, sin comprender cómo en las piezuchas que rodeaban aquel patio pudiesen vivir seres humanos. Subieron una escalerilla crujiente y llegaron ante una puerta sobre la cual destacábase un enorme 78, en negro, sobre la cal del muro. La encargada golpeó con los nudillos en uno de los vidrios de la puerta:
- ¡Don Lucas! ¡Don Lucas! - llamó. Respondióle un gruñido -. Esperen un segundo, muchachos, voy a ver si puede recibirlos, está despierto - dijo la mujer, y entró.

Los chicos quedaron afuera mirando con asombro el mundo desconocido para ellos. ¿Era ese el conventillo que acostumbraban a ver en los teatros de sainete, y a costas del cual se habían reído y sólo reído? No, no era risa lo que inspiraba el conventillo, por el contrario; temerosos, casi, observábanlo todo... Salió la encargada, anunciándoles:
- Entre, despacito, despacito...

Entraron, descubriéndose, apretando las pupilas para acostumbrarse a la semioscuridad, en puntas de pie. Jacinto fue el único que habló:
- Buenas tardes, don Lucas... - era la primera vez que le decía por su nombre, su voz temblaba.

Desde el catre, el bulto arrebujado que en él estaba le respondió:
- Buenas tardes... (un gemido) - y prosiguió -: Ya lo ven, muchachos, estoy mal... ¡Muy mal! (Gimió nuevamente).

Nadie se atrevió a consolarlo: algunos lo miraban sin atinar con un pensamiento; otros escrutaban el cuartucho de una pobreza terrible: por silla, un cajón de petróleo; por ropero, unos clavos en la pared. Un reloj despertador hacía tic, tac. Eso, y la respiración fatigosa, entre gemidos, del enfermo, fue todo lo que se oyó por algunos segundos.
-¡Han hecho bien en venir! - prosiguió el maestro-. Ya lo ven, ¡estoy tan solo!; y no nos veremos más. Mañana me llevan y...

Calló. Evidentemente lo emocionaba su fin próximo, que presentía ineluctable. Jacinto, con la garganta seca y la lengua incapaz de articular una palabra, hacía esfuerzos por hablar. ¡No pudo! ¡Y él hubiera querido decirle tantas cosas al pobre viejo!: "¡No, usted no está enfermo, señor Lucas; usted se sanará! Usted tampoco está solo, nos tiene a nosotros; ya ve como lo hemos venido a ver. Ya ve usted que no lo queremos mal, como usted ha pensado. Ya ve usted, aquí estamos todos, no falta ninguno. Y ahora cuando usted, ya sano, vuelva a clase, seremos más amigos, seremos muy amigos. Usted no necesitará poner penitencias, todos nos portaremos muy bien y estudiaremos mucho"... Hizo un esfuerzo para decir todo eso que le saltaba en el pecho, en cada latido de su corazón. ¡No pudo! Y quedó callado.

El maestro, siempre entre gemidos, prosiguió:
- Bien, muchachos, ya veo que no me han olvidado... Yo decía: ¿A que no viene ninguno a verme? Me equivoqué; han venido todos. ¿No falta ninguno?... Respondió Jacinto, orgullosamente:
- ¡Ninguno!...

Y quiso hablar de nuevo, decirle todo lo que había pensado. ¡Y no pudo otra vez! El estrangulamiento del llanto le rompía la voz; los ojos se le quemaban. Hubiese deseado salir a correr, a gritar, lejos... Fue una liberación para él oír al enfermo:
- Bien, muchachos, no los detengo más. Mañana me operan, vayan al hospital a visitarme. Aquí no hay comodidad, ya lo ven: ni sillas tengo... Hasta la vista, hijos... Sacó la mano y la extendió al que tenía más cerca; y así, uno por uno, fueron desfilando junto a él, dándole la mano y saliendo. Al llegar a Paco, el peor de la clase, le retuvo la diestra, y le habló:
- Tu siempre te has portado mal, pero no eres malo. Hasta la vista... No estás enojado conmigo.

Paco negó con la cabeza gacha, sin poder hablar, ¡él, tan suelto de lengua!... Y salieron en tropel. Bajaron la crujiente escalerilla, cruzaron los patios... Ya en la calle, echaron a andar, mudos. Adelante de todo caminaba el gordo Paco, la gorra caída sobre la frente.En la esquina se detuvieron. Iban a separarse, para tomar cada cual el camino de su casa. Jacinto se acercó a Paco, le puso una mano sobre el hombro y le preguntó:
- ¿Y seguís deseando que reviente?

Paco bajó más la cabeza y, casi sin voz, en seco: -¡No!

Otro chiquillo bajose, curioso, a mirarle la cara por debajo de la visera, y gritó, estupefacto, con el grito mismo que hubiera dado si la luna, de súbito, le cayera a sus pies:
- ¡Paco, eh!...

Y se volvió a sus compañeros, a explicarles su asombro:
-¡Si, está llorando!