narrativa

BESOS Y PUÑETAZOS

La infancia muestra al hombre como la mañana muestra al día.
MILTON

Ildefonso está enamorado. Su amor es Laura, una chica de catorce años, uno más que él. Ese año da a la linda Laura una superioridad abrumadora sobre el vehemente Ildefonso. Cuando ella habla, el muchacho queda contemplándola, extático, en adoración. Y ella habla siempre. Habla de sí misma, pausadamente y segura de sí. Sabe ella que Ildefonso – que Bruno – otro de sus enamorados, que varios muchachos más, todos menores que ella, su corte, más que oír cuanto ella dice, se complacen en mirarla. Y en admirarla. En admirar su cabellera sedosa y oscura, marco de su cara morena en la cual brillan unas raras pupilas. Refiriéndose al color de sus pupilas, Ildefonso, aficionado a los versos, y que a veces también los garabatea, le dijo:

- Mirándote los ojos, ¿sabés lo que se me ocurre, Laura?
- ¿Qué se te ocurre, querido?
- Que de chica has de haber mirado mucho el mar, porque tus ojos no solamente tienen color de mar, sino que, como el mar, también cambian de color.
- Me gusta lo que me decís – respondió ella – y en premio, ¡tomá!

Y le dio un beso. Porque Laura es así. A todos sus amigos los llama “querido” o “pichón” o “encanto”, a todos los besa al encontrarles y al despedirles. Y no admite enamorados, ni preferidos. Todos son iguales para ella. Eso no impide que Ildefonso y Bruno se hayan enamorado y, sin ellos mismos saberlo, se miren como rivales. Se odien. Antes de que la rara y linda muchacha apareciera, Bruno e Ildefonso eran amigos, grandes amigos. Un día, Ildefonso descubrió a Laura y se enamoró de ella. Y, por supuesto, llevó la noticia de lo que acababa de descubrir a su amigo Bruno.
-¡Vieses qué mujer!

Mujer tuvo que decir Ildefonso, no chica, porque así adquiría él ante su amigo, también de trece años, jerarquía de hombre.
- ¡Qué mujer más estupenda!

Intento describirla, pero no sabía más que lanzar exclamaciones y epítetos: ¡Admirable, magnífica, colosal, única, bárbara! A Bruno le fue imposible darse una idea de cómo era el descubrimiento de su amigo, pero le insinuó:
- ¿No te habrás enamorado?
- ¡Qué esperanza! Sólo soy su amigo. Además, ella no quiere amores, quiere amistad. Y el que le habla de amor pierde la amistad de ella.
- ¿Qué rara, no?
- ¡Así es ella! Yo no creo que haya en el mundo una mujer como ella.
- Me están entrando ganas de conocerla.
- Te llevaré.

Así Bruno entró en la corte de Laura. Iba predispuesto a la admiración, y se enamoró de ella. La noche que la conoció estuvo dando vueltas en su cama, viendo en la oscuridad las pupilas color mar cambiante de su nueva amiga, y oyendo en el silencio nocturno su voz de flauta melodiosa.
- ¿Qué me decís de Laura? – le preguntó al día siguiente Ildefonso.

Bruno hizo una mueca:
- ¡No es para tanto!
- ¿Qué decís, imbecil? Bruno se engalló:
- ¡No insultes!
- ¿Qué no te insulte? ¿pero no es un imbécil, un cretino, quien mira al sol y dice que no tiene luz?
- Entonces para vos...
- ¡Para mí Laura es el sol, la luna, es más que todas las estrellas del cielo! Bruno rió, medio en burla. Ildefonso lo apedreó a adjetivos injuriantes.
- ¡No me hables más! – interrumpió Bruno, y le dio la espalda. Le era necesario cortar con su amigo como le había sido necesario ocultar el sentimiento que Laura había despertado en él.

Desde entonces, los antiguos compañeros, ni se hablan ni se miran.

Y ambos frecuentan la amistad de Laura, asiduos. Ambos reciben sus amabilidades, ambos escuchan su conversación en silencio, ambos son saludados y despedidos con un sonoro beso en la mejilla. Porque Laura besa, pero no admite que la besen. Otra de sus rarezas, y de sus encantos para sus admiradores. A alguno demasiado fogoso, que intentó exteriorizar su admiración besándola al ser besado, ella lo apartó, implacable, de su corte.

En alguna oportunidad, Ildefonso y Bruno están solos con Laura. Esta no repara en absoluti que sus dos amigos están enojados entre sí, que no se hablan. ¿Qué les exige ella? Que callen y la escuchen, nada más. Y ellos callan y escuchan. Luego, al despedirse, después del beso ritual, marchan uno junto al otro como siempre, como cuando eran amigos. Y en la esquina se apartan mudos, rencorosos.

Porque un rencor terrible va royendo a estos dos insólitos rivales. Ildefonso sabe – lo supo desde el primer momento – que Bruno siente por Laura lo mismo que él. Se da cuenta que le mintió al expresarse desdeñosamente sobre ella. También que rompió con él para tener más libre el campo de acción. Sabe que Bruno sufre como él y lo que él sufre. Sabe que el otro y él sufren por no ser el amigo único de la adorada y que él, tanto como Bruno son los que se han atrevido a enamorarse de ella. Los demás muchachos la miran y oyen, reciben sus besos con deleite pero no experimentan el deleite doloroso que ellos, Ildefonso y Bruno, experimentan. También sabe Ildefonso que Bruno sabe todo lo que él sabe. Y que uno y otro desearían la desaparición del amigo. Cuántas veces Ildefonso ha pensado:
-¡Si un día el caballo lo tirase a Bruno, le rompiera la columna vertebral y quedara jorobado! Y presiente que Bruno ha pensado quizás:
- ¡Si el tren atropellase a Ildefonso! Yo iría al entierro, le llevaría una corona grande... Después la consolaría a Laura por la pérdida de su pobre amigo. Juntos iríamos a visitarlo en su tumba. La tensión así oculta, no podía durar mucho tiempo. Ambos son demasiado jóvenes y vehementes. Una tarde, el el patio del colegio, por una mirada de más o de menos, empujados por la misma pasión, cierran los puños y se tiran uno contra el otro, ¡a matarse! Cuando los celadores y algún profesor los separan, la nariz de Bruno sangra y un ojo de Bruno muestra un círculo amoratado. El director, intencionadamente, los hace encerrar en un aula, y allí quedan los rivales. Desde afuera les grita:
- ¡Mátense, si quieren!

No se matan. Bruño se restaña la sangre de la nariz herida. Ildefonso coloca sobre su ojo amoratado, la tapa fría de un libro. De pronto se miran. Y ven, no lo que están viendo, dos peleles un poco ridícuos, con los cabellos en desorden y desgarraduras en las ropas. Ven sus almas. Los dos han sufrido mucho. Los dos como muy jóvenes que son, no quieren seguir sufriendo. Ildefonso sonríe y Bruno también sonríe. Aquel habla:
- ¿No te parece Bruno, que es una pavada pelearse por una mujer?
- Así es, sí – responde Bruno
-. Y por una mujer como Laura.
- Tenés razón, esa no quiere a nadie.
- Se me ocurre una idea, a ver que te parece...

Y se aproximan el uno al otro. Sigilosamente, hablan. Los ojos les relumbran, las caras se les animan. Se sienten felices por lo que están planeando. Son conspiradores. A la noche siguiente, tomados del hombro, pasean delante de Laura que, en ese instante, rodeada por tes chiquillos
- ¿de once, de doce años?, ¡bah, chiquillos! – habla, ¿de qué? De sí seguramente, como de costumbre.

Laura los mira un poco asombrada de que no se le acerquen. Ya han pasado, y les dice:
- Eh, pichones, ¿qué les ocurre? ¿No se habían peleado, como me han dicho? Ellos se dan vuelta. Ildefonso escupe al suelo, despectivamente. Bruno lo imita. Y continúan su camino, triunfantes: acaban de derrocar al tirano que los oprimía.