Estudios Preliminares

ECHEVERRÍA DE ERNESTO MORALES - PROLOGO DE ALVARO YUNQUE

(Firmado ENRIQUE HERRERO por la censura vigente en 1950)

Debo escribir unas páginas de introducción al libro póstumo de Ernesto Morales. Menester doloroso y dulce para mí, por cierto. Lo hubiese querido evitar. ¡Imposible! ¿Quién más indicado que yo para hacerlo, yo, el amigo de todos sus días, desde que lo conocí, una noche del mes de mayo de 1910? ¡Y hace de esto ya una vida! ¿Ya?... ¡El libro póstumo de Ernesto Morales! Esto quiere decir que no iré, como tantos días fuera, a darme el placer de hablar sobre libros con Ernesto Morales, a consultar los libros de Ernesto Morales. Porque un día el dejó sus libros y fue camino de un sanatorio, esperando, a la semana cuando mucho, estar de vuelta entre sus imprescindibles libros. Nunca más sus libros lo verían... Ni sus libros ni la mujer muy amada.

El año 1939 nos reunimos en torno de Ernesto Morales algunos de sus amigos para celebrar el 25º. Aniversario de la aparición de su primer libro de versos, su iniciador en las letras. Yo entonces quise, en una décima, sintetizar la figura del amigo festejado. Nada como el verso como para burilar una síntesis esencial:

Silencioso, humilde, leve,
Tiene este Ernesto Morales
Los recónditos modales
Del que aun siendo, no se atreve;
No será el éxito aleve
Quien corone su porfía,
Pero en él, que es agua fría
Bajo tierra, hallan sustento
Bosques de conocimiento,
Pampas de sabiduría.

Creo que pocos eran los capaces de avalorar en aquel hombre humilde y leve., que se contraía, tímido, cuando el concurso de sus oyentes pasaba el de sus íntimos, al hombre gran lector, paciente compulsador de datos y fechas, hurgador de libros viejos, revolvedor de librerías y bibliotecas, acaparador de conocimientos los más exóticos. Porque además de escritor – poeta, cuentista, comediógrafo, historiador, biógrafo – fue Ernesto Morales un paciente erudito y un bibliófilo infatigable. No lo cansaban las más difíciles búsquedas. Meses lo he visto perseguir un libro o la corroboración de un dato seguro, sobretodo cuando compuso su biografía de Sarmiento de Gamboa, el gran navegante español del siglo XVI al que puede decirse que resucitó del olvido. Pero si, al fin de días o meses de indagar, hallaba ese libro o corroboraba ese dato, ¡qué alegría! Le brillaban los ojos negros a través de los cristales de sus lentes, le temblaba la voz para darnos la fausta noticia. Y algo que avalora humanamente a este estudioso: No era egoísta de sus hallazgos. Sus descubrimientos servían para todos. Es decir, para todos los que amaran lo que él amara. A los años de publicar su libro sobre Sarmiento de Gamboa o cuando estaba componiendo su obra sobre Juan María Gutiérrez, gran figura de las letras argentinas que a Morales debió su resurrección, yo lo he visto entregar a una escritora peruana y a una estudiante argentina que sobre aquellos debían escribir, no sólo obras agotadas sino papeles inéditos logrados por Morales en sus excursiones por librerías de viejo y archivos. La gloria, el cabal conocimiento, la difusión de Sarmiento de Gamboa o de Gutiérrez se hallaban para él antes que su vanidad de descubridor.

Y no he nombrado al gran navegante español o al literato argentino en vano. Ellos compendian los amores de Ernesto Morales: Su amor a España y su amor a América. Hijo de españoles, descendiente de gallegos y vascos, siempre soñó visitar a España. Todo lo español le merecía singular cariño. Conocía profundamente su literatura. Releía sus clásicos, coleccionaba sus libros. Las desdichas españolas – la guerra civil de 1936 – lo perturbaban tanto como las argentinas – dictaduras militares de 1930 y 1943. Durante ésta colaboró en "El Patriota", periódico en el cual arriesgamos la libertad -.En su escritorio, al lado de un mapa de América, tenía el de España. Lo recorría amorosamente. Proyectaba un viaje a ella cuando la muerte le salió al paso. Su amor a América, por otra parte, lo llevó a hacer estudios en la creación del Incario, se adentró en sus leyendas y tradiciones, sacó a luz comentándoles, libros de viajeros y cronistas, ya españoles, holandeses, franceses o ingleses que visitaron a América. Recorrió la ruta de marinos y piratas que por ella anduvieron. La historia de América le era tan familiar como si fuese historia argentina. Conocía su literatura. Se carteaba con escritores de distintos países, les servía de introductor en el conocimiento del público argentino. Últimamente, después de visitar el Brasil e incursionar en sus ricas letras, se puso a estudiar el portugués y tradujo a algunos de sus poetas. Pensaba hacerlo con más detenimiento y seriedad, pero como todo trabajador malogrado, se llevó a la otra rivera del gran mar misterioso, tantos proyectos como en ésta dejó realizaciones.

Otra luz de su vida la presenta su obra de difundidor de la cultura, entre la que cabe su labor de antólogo y su generosa actitud para los contemporáneos. Fundó – con Leopoldo Duran – "Ediciones Mínimas" (1918), cuadernillos en los que, por un precio insignificante, se daba al público obras y nombres que por primera vez llegaban a él seleccionados. Con el poeta Diego Novillo Quiroga fundó "Hebe", publicación mensual (1919), algunas de cuyas entregas traen, por ejemplo, pequeñas antologías de escritores rusos, de poetas catalanes y de jóvenes poetas argentinos o exhumaban "El Matadero" de Echeverría o "Los que pasan", comedia de Evaristo Carriego. Más adelante dirigió "Crisol", también revista mensual, en donde continuó sus propósitos de dar al público por unos pocos centavos las mejores obras de la literatura universal, a la vez que las de algunos nombres nuevos.

(Recordaré que en "Crisol" se publicaron las primeras poesías de Gustavo Riccio y se dio una selección comentada de la de Pedro Calou, dos grandes malogrados). Después de "Nuestro Parnaso" de Ernesto Mario Barreda (1912) y antes de la "Antología de la Moderna Poesía Argentina" de Julio Noé (1925), publicó Morales, también en colaboración con Novillo Quiroga, su "Antología contemporánea de poetas argentinos", año 1917. Por primera vez en este libro, el público lector tomó contacto con los poetas argentinos que siguieron la ruta abierta por Rubén Darío. En esta antología se incluyen algunos nombres desconocidos. El descubrimiento de un poeta de verdadero valor y hacerlo público – Rosa García Costa, - sea el caso -, constituía para Morales un motivo de gran alegría. Comparte en esto la generosidad de Alfredo Bianchi, el codirector de "Nosotros", ambos acogedores, estimuladores, siempre dispuestos a propagar la obra desconocida y avivar las llamas de su éxito. En su obra de antólogo cabe anotar – además de lo realizado en sus revistas – una "Antología Gauchesca" (1927), una "Antología de Poetas Americanos" (1941), cuyo segundo tomo, en el que se incluyen los contemporáneos, quedó inédito, listo para entrar en prensa, y una "Antología Poética Argentina" (1943), desde la época colonial hasta Banchs, Arrieta, Capdevila, Fernández Moreno, Güiraldes, Alfonsina Storni, Martínez Estrada y Yunque, es decir, los poetas posmodernistas aparecidos antes de 1930. Pensaba, en una segunda edición, cuyo plan ha quedado entre sus innúmeros papeles, completarla con los nombres sobresalientes de las nuevas generaciones. Ya había escrito para ella notas, como él acostumbraba hacerlo para todas sus antologías, notas precisas, ecuánimes, dando en pocas líneas una visión general de cada figura. Se presenta en Morales uno de los pocos casos de escritor a quien el éxito de los otros no desvela y que, por el contrario, contribuye a él. Díganlo los hombres de su generación o las anteriores: Almafuerte, Rojas, Lugones, Federico Gutiérrez, Banchs, Giusti, Arrieta, Capdevila, Storni, Fernández Moreno, Amador, Barreda, Bravo, Carriego, García Costa, Calou, Maraso... cuyos libros hallaron en él un comentador efusivo, dispuesto a espigar lo excelente y a olvidar lo frágil.

Su epistolario podría decirnos mucho en este sentido. Siempre tuvo palabras de aliento para el autor que a él se llegaba, más si era joven y primigenio. En repetidas ocasiones, a lo largo de su colaboración en "La Prensa", citó a sus contemporáneos con elogio y recordó en sus aniversarios a los muertos. No temía nombrar al investigador aún vivo del cual se servía para corroborar sus afirmaciones. Los escritores chilenos y uruguayos – como los brasileros – hallaron en él a un asiduo comentador, un puente de su obra para el público argentino.

Por sus admiraciones puede juzgarse a un hombre de letras. ¿A quién admiró Ernesto Morales? Lo dicen sus biografías: A Juan María Gutiérrez, "el hijo de mayo", como él lo llamara; a Pedro Sarmiento de Gamboa, navegante, historiador, astrólogo, conquistador, un sublimado arquetipo del siglo XVI, a José Hernández, en cuya obra de prosista había entrado a indagar. Lo dicen sus artículos publicados: "Las Instrucciones de Hernández y de Rosas", "Las ideas de Hernández sobre colonización" y otros que han quedado inéditos, demostrando el antirrosismo de Hernández en su dirección de "La Patria", diario escrito en su destierro montevideano; al peruano Manuel González Prada, al cubano José Martí, a la argentina Juana Manso, al chileno Francisco Bilbao, al uruguayo Pedro Varela, al español José Joaquín de Mora, al francés Alejo Peyret, todos removedores de ideas, sembradores de futuro, y siempre, en todo instante, a Sarmiento y a Echeverría, para cuya conmemoración centenaria dedicó su libro póstumo. Habría que buscar entre lo publicado en "La Prensa", durante un cuarto de siglo de colaboración, los nombres que, mereciéndole admiración por algún concepto, hallaron en su pluma un comentador fervoroso e inteligente: José Antonio Miralla, e aventurero poeta argentino, Benito Hortelano y Carlos Casavalle, libreros y editores heroicos para su época y su medio, Diego de Alcorta, maestro admirable; Bartolomé Las Casas, apóstol; Juan Aurelio Casacuberta, genial actor sobre las tablas y en su vida peligrosa; Godofredo Daireaux, Alfredo Ebelot y Fray Mocho, descubridores, péñola en mano, de imprevistos filones de arte en la existencia cotidiana; Pedro B. Franco, educador y artista, o descubridores, piratas y navegantes como Selkirk, por citar uno solo, cuya singular proeza dio motivo a la creación de Robinson Crusoe...

Afilaba la incansable pluma para conmemorar el centenario de San Martín, otra de sus más firmes admiraciones, sacando a luz faces recónditas de su espíritu, y ya había entrado a espigar libros y documentos a fin de contribuir a la mayor gloria del gran silencioso. (Léase en su biografía de Gutiérrez el capítulo: "San Martín y Gutiérrez). Pero no le cupo entrar con vida en el año 1950...

La obra de Morales es múltiple y, a veces, exótica, pese a su persistente y entrañable cariño por o autóctono. Parte de la poesía y el cuento sigue con la leyenda y el apólogo, para, finalmente, con segura intuición, internarse en la historia, el ensayo y la biografía. Es por esto, por ser primero un escritor imaginativo, que en sus excursiones por la historia, pese a su documentación, puede seguírsele con paso ágil. Lo pintoresco, lo que puede ser caro al novelista, lo legendario, alternan en sus páginas de historia con lo real, lo preciso. Su verdad tiene canto y alas. Y si dilucidar, por ejemplo, en la enmarañada red de aventuras que constituye la existencia de Sarmiento de Gamboa, las rutas por él seguidas, le costó largos desvelos y serias preocupaciones, al pasar por su pluma ellas se transforman. Y todo nos parece bello y fácil; pero lo fácil y bello hubo de encontrarlo Ernesto Morales en densos, oscuros y farragosos libros y documentos, después de incruentas y penosas búsquedas. El poeta, el cuentista, el evocador de leyendas, el creador de fábulas que en Morales habla, persiste al escribir historia, y por ello lo vemos asaltar ciertos temas, si históricos por su osatura, artísticos por su presencia. Ejemplos: Las memorias de Augusto Guinnard, un francés cautivo entre los indios pampas; "Sarmiento y los falansterios de Fourier"; el "Triunfo de la Naturaleza", tragedia que traduce Bernardo Monteagudo – como él eruditamente lo prueba -; el general Pacheco y Obes, autor de "La Nueva Troya", novela que Alejandro Dumas firma; Guillermo Rawson y su previsión del telégrafo; la faz heroica de Jorge Isaacs, el romántico creador de "María", "Bartolomé Hidalgo y sus cielos", "Rubén Darío y la Argentina", "Bakulé y sus niños lisiados"...

No es sólo un historiador, por supuesto. Es un folklorista, es un imaginativo. El ama lo cierto y lo hermoso a la vez, y he aquí lo que hace de su obra algo por lo que corre el estremecimiento nervioso. Y por esto también, no pocas veces, hace historia como si no fuera historia lo que hace. Puede comprobárselo en su "Historia de la Aventura", libro en el cual estudia hazañas marítimas desde Magallanes hasta La Pèrousse, tres siglos de tragedia, y comenta sus cronistas desde el italiano Antonio Pigafetta, que acompañó a Magallanes, hasta el francés Dom Pernetty, compañero de Bougainville, el primer colonizador de las Islas Malvinas, tres siglos de inventiva y pintoresquismo literario.

Era Ernesto Morales, tan españolista por su ancestro, tan americano por su urdimbre espiritual, un cabal porteño. Pudo incursionar en el coplerío hispánico, pudo aprenderse de memoria largos romances de su caballería andante, pudo también desvelarse estudiando la época de la conquista americana y seguir la senda de remotos viajeros, piratas o descubridores, pudo adentrarse, acucioso, en las instituciones del imperio incaico, estudiarlas y sacar de ellas libros de leyendas, ensayos y apólogos; pero él fue siempre un cabal porteño, un amante de la ciudad en cuyo corazón – el barrio de San Telmo – había visto la luz. Y es por esto que, ya pasado el cenit de su vida, va a publicar dos libros que caracterizan su porteñismo hasta entonces olvidado por las selvas del guaraní, las montañas del calchaquí o del quechua y las pampas del araucano. Son estos dos libros: "Cartas de un porteño", polémica en torno al idioma, mejor aún si se quiere, por la libertad del idioma, que sostiene Juan María Gutiérrez con el casticista Juan Martínez Villergas, y "Fray Mocho", biografía y estudio de la obra del folklorista porteño José Álvarez, el fundador de "Caras y Caretas". La polémica que sobre el idioma sostuvieron el porteñista Gutiérrez y el español Villegas el año 1876 permanecía soterrada en los periódicos – casi sin circulación – en que se publicaran. Morales la reunió en libro, la prologó y anotó con el cuidado y el afán de ser útil que lo caracterizara.

Y "Cartas de un porteño" resultó el libro más importante para quienes, en el debate del idioma y su posible renovación, ven en éste – como Gutiérrez lo veía – un precioso instrumento de liberación política y una palanca en la obra de superación histórica a que está dado un pueblo – como el de Buenos Aires – abierto al Atlántico y a los grandes vientos ideológicos que de él le llegan. El antipurismo de Gutiérrez, porteño arquetípico, es el de todos los antiacademistas. Es el de Morales. Y éste resume así, alabándolas, las teorías del maestro: El escritor americano – y más aún el porteño, habitante de una urbe internacional como Buenos Aires – no debe acatar legisladores de su lenguaje, porque pueden convertirse en dañosos legisladores de su pensamiento; la Real Academia, fundada con fines políticos para servir al trono de los Borbones, no puede extender su mandato a pueblos que de aquel trono se desvincularan; el purismo del propio idioma español es un mito, pues la misma España está constituida por un conglomerado de pueblos disímiles, y una aberración es, como exigía el libelista Villergas, querer cristalizar el idioma de los americanos - ¡el de los porteños cosmopolitas! – en nombre de aquel purismo inexistente. Para abrir el idioma a los vientos saneadores de las nuevas épocas y oxigenarlo con sus neologismos y "barbarismos" (¡llamar barbarismo a lo llegado de Francia, Inglaterra o Alemania, como si España fuese Roma! ¡Qué anacronismo!), Gutiérrez levanta el ejemplo del callejero y trotacaminos Cervantes. Y en la teoría político-filosófica de Gutiérrez se apoya a su vez Morales para tremolar la bandera de su porteñismo idiomático. Tal predilección lo lleva, por fin, a este folklorista, a este exhumador de leyendas y tradiciones, compilador de coplas y cantares gauchi-aborígenes, a construir la biografía de un e4scritor, Fray Mocho, netamente porteño, aunque haya nacido en el litoral entrerriano. Y esta biografía le da motivo para adentrarse en temas tan sugerentes como "Buenos Aires fin de siglo" o "El suburbio bonaerense del 1900" o "La picaresca española y la picaresca argentina" o "El lenguaje de Fray Mocho" en sus páginas porteñas, exhibiendo la psiquis de sus compadres – ecos del gaucho -, de sus vascos lecheros, de sus italianos vendedores ambulantes, de sus pechadores y vivillos, sus escenas de comisaría o de carnaval, no deja de ser Morales un escritor folclorista, y tanto como al evocar "la sabiduría de los incas" o exhumar la poesía de leyendas guaraníes o araucanas seculares.

Este porteñismo folklórico y su orientación ideológica, liberal-democrática, conducen a Morales a la figura – fundamental en el Río de la Plata – del pensador y poeta Esteban Echeverría. Su estudio constituye la materia del libro póstumo, escrito para recordar el centenario de la muerte de aquel maestro de grandes argentinos: Juan María Gutiérrez, Alberdi, Sarmiento, Marcos Avellaneda, Mitre, López, Mármol... Encontrará el lector la figura inquieta y doliente de Echeverría, evocada con devota admiración, estudiada con minuciosidad y proyectada hacia nosotros, sus descendientes, en toda su trascendencia. Al buscar la raiz del pensamiento echeverriano lo hace Morales poniéndonos, capítulo "Los Iluminados", en medio de ese hervir de utopías y lirismos en que bebió durante sus preciosos días de París este americano que fue a Europa a estudiar, no a despilfarrar los pesos que sacrificados peones gauchos le ganaban en sus estancias. Pierre Leroux, los reformadores sociales y los poetas románticos de aquella fecunda hora – 1830 – nos explican, al través de Morales, la génesis del ideólogo de la joven Argentina y la Asociación de Mayo y también como este, levantando su voz por encima de la cabeza de sus contemporáneos – desde los Varela hasta sus jóvenes discípulos – escribe páginas de visionario y cabal rebelde al sentir el sacudimiento que enrojeció con sangre obrera los días de 1848.

Echeverría soñó con la gloria del poeta. Sus poemas hallaron eco entre sus contemporáneos que, salvo un pequeño grupo juvenil, no estaba en actitud ni poseía aptitud para comprenderlo como ideólogo, y como "ideólogo práctico", esto es lo importante en tal poeta. Llamo particularmente la atención del lector hacia este capítulo de la biografía de Morales. Demuestra allí que el poeta romántico, el soñador imbuido en las utopías de Saint-Simón, supo hundir raíces en la tierra criolla, su tierra, y aunque la semilla fuese extranjera, hacer que de ella surgiese un árbol no menos robusto que los eucaliptos ni menos pródigo que los trigales, también de origen extranjero – como el caballo – y no por eso extraños a la tierra de su adaptación. En última instancia, los historiadores estatistas, acusan siempre a los hombres de la estirpe de los renovadores – Rivadavia, Echeverría, Sarmiento, Justo, Ingenieros, Ponce... – de utopistas, de ilusos que dan la espalda al país para escuchar las músicas arrulladoras que del Atlántico le llegan desde naciones más antiguas y avanzadas. Esa acusación, en lo que respecta a Echeverría, la refuta Morales en su capítulo "El ideólogo práctico". Su presencia por sí sola justificaría el libro. Comprender que los Ponce, los Ingenieros, los Justo, los Sarmiento, los Echeverría, la refuta Morales en su capítulo "El ideólogo práctico". Su presencia por sí sola justificaría el libro. Comprender que los Ponce, los Ingenieros, los Justo, los Sarmiento, los Echeverría, los Rivadavia no han sido trasplantados ilusos en este país que quieren ver siempre, los estatistas, como un depósito de maíz y de cueros, es trascendental para el futuro argentino. Ernesto Morales contribuye a ello.

Ya es hora de dar fin a este prólogo. Volveré a recordar a Morales, mi amigo desde aquellos muchachiles años nerviosos, estupendos, convulsos, magníficos del 1910. El país celebraba el centenario de su independencia, pero al regocijo de las manifestaciones y a la presencia de las delegaciones diplomáticas y militares de otras naciones, respondió la clase obrera, acosada por la exigüidad de su vida, con una huelga general. El año anterior, la bomba de un joven anarquista había muerto al jefe de policía por cuya orden la avenida de Mayo se vio manchada de sangre obrera. En el teatro Colón había estallado una bomba... Prisiones, apaleamientos, muertes, incendio de bibliotecas y librerías, empastelamiento de imprentas, clausura de periódicos. Todo ello contribuía a que el ardor de nuestra sangre joven subiera de grados, llegara a la fiebre que provoca el delirio. Yo entonces paloteaba mis primeros versos. Una circunstancia cualquiera me relacionó con ese joven delgado, ágil, alegre, parlanchín, siempre cargado de libros y siempre empeñado en amores, que era Morales, mi vecino de barrio, allá por el sur de Buenos Aires, un barrio en el que aún había "huecos" maravillosos para refugio de enamorados o de pateadores de pelota y simpatiquísimos morenos vendedores de empanadas y tortas fritas. Nos conocimos una noche Ya de mayo. Los dos éramos opositores políticos al desgobierno oligárquico y fraudulento de Figueroa Alcorta, los dos compartíamos entonces ideas no muy clarificadas. Los dos éramos anticlericales.

Los dos admirábamos a Almafuerte, a Darío, a Ghiraldo, a Barret... Los dos escribíamos versos, elegíacos él; cómicos-satíricos yo. ¿Cómo no convertir en amistad la aparcería? ¿Qué él hacía versos, según mi opinión, de antaño, pueriles por ser amorosos, que yo hacía versos, según su opinión, fuera de lo poético, por ser políticos? ¡Qué importa! Al fin, ambos hacíamos versos. Un periódico de barrio abrió un concurso. Nos unimos, El después de su empleo, yo arrinconando mis libros de estudio, noche tras noche, a escondidas, en el fondo del caserón de mis padres, pergeñamos un extenso poema en alejandrinos rubendaríacos con altisonancias almafuerteanas y detonaciones ghiraldianas. Ganamos el concurso. ¡Avanti, muchachos! ¿Cómo no creernos grandes poetas después del triunfo? (Por suerte a mí se me perdió el poema y él lo habrá roto, avergonzado, pues, entre sus papeles, donde tantas cosas lejanas encontró mi melancolía, no lo hallé tampoco). ¡Las noches que hemos pasado frente a una mesa de café, hablando de libros, de poetas particularmente, los kilómetros de calles suburbanas que hemos recorrido, él y yo, incansables, charlando sobre libros, sobre poetas! Y amoríos fáciles, él sobre todo, tan enamorado y tan exitoso con su aspecto frágil de niño pálido, en contraposición a mi vigorosa presencia de deportista. Aquellas excursiones dedicadas exclusivamente a pasar, casi a detenernos, en la puerta del "Café de los Inmortales", adonde nunca hubiéramos osado entrar, por ver si veíamos a Payró, a Ghiraldo o a Ingenieros o a Florencio Sánchez o a Carriego o a Maturana o a Soussens o a cualquier otro ídolo literario de entonces, hoy definitivamente olvidado. Y las librerías de viejo que hemos recorrido juntos, aquellas reales librerías de viejo, no estandarizadas como las de hoy, en aquella inolvidable calle Corrientes antes de ser ensanchada, tan típica, tan cordial, tan única y que recorreríamos varias veces en la misma noche, desde Callao a 25 de Mayo, siempre en pos de libros. ¡Y los descubrimientos literarios! Una noche "Gérmenes", de Federico Gutiérrez, oficial de policía y poeta ácrata; otra noche, algo de Sicardi o de Herrera y Reissig...Aquellos viajes a La Plata, a ver y a oír al ogro Almafuerte, que no pocas veces nos mandaba decir que no estaba. Después de pasar por el bosque y el Museo, nos volvíamos, sin rencor al gran poeta, porque, ¿se le podía guardar rencor, no justificarle todo al hombre que había escrito "Trémolo", dónde gritaba cuatro verdades a Jehová mismo?

¡Y la publicación del primer libro de versos de Morales, al cual yo, entonces estudiante de arquitectura y caricaturista, ilustré con viñetas a pluma! Debo detenerme. Pensar que este desgranar de recuerdos lo estoy dejando caer para el libro póstumo de Morales, mi amigo de juventud, mi amigo de cuarenta años. Una amistad perdurable es siempre una obra de comprensión e inteligencia. A medida que cambiamos, es decir, que evolucionamos, debemos ir reconstruyendo al amigo. Sé que el Ernesto Morales con quien hablé de literatura aquella noche de mayo de 1910, no era el mismo que vi en un sanatorio y saludé con forzada y temerosa sonrisa otra noche del año 1949. El también sabía que yo no era ya aquel muchachote arremetedor, apasionado, intolerante, antorchero que conoció, enronquecido de gritar en las manifestaciones improvisadas. ¡Tanto habíamos sufrido y fracasado y meditado y aprendido él y yo desde entonces! Pero él y yo podíamos seguir siendo amigos, en tanto de su vida y de la mía, cuántos otros amigos ya se habían borrado. ¿Por qué? Tal vez por esto: En nuestra amistad sólo intervenía lo ideal, el amor al libro, la pasión literaria, y esto hacía que, pudiendo saltar por algunas disensiones políticas o apreciaciones artísticas, salváramos con las manos en alto, por encima del abrojal de las palabras, la amistad humana, flor de imperecedera frescura.

¡El libro póstumo de Ernesto Morales, y prologado por mí! Pienso que, como a mí, le hubiera sido a él igualmente doloroso y dulce si hubiera debido prologar mi libro póstumo. Verse privado para siempre de ver y oír a un amigo de años es un suplicio que no está catalogado en el infierno ni en la historia de las cárceles dictatoriales. Debo resignarme, sí, a no visitar más al amigo, a no hablar más con él de libros. A no revolver más su preciosa biblioteca.

Y a no oír que, si pasaban dos días sin vernos o sin hablarnos por teléfono, me llamase: "¡Matrero! ¿Dónde andás matreriando que no aparecés? Y si yo bellaqueaba un poco, el infallable señuelo: ¿Acabo de comprar un libro que..."! ¡Y todo esto, tan doloroso y tan dulce, tener que recordarlo para el libro póstumo de Ernesto Morales!

1950