Ensayos y recopilaciones

ZOLA Y SU VISIÓN DE PAZ

Escrito para "Propósitos" en 1955. No llegó a editarse porque la dictadura militar (1955 a 1958) clausuró el periódico.

Hubo dos Zola. El "naturalista", ese que aplicaba su lente inexorable sobre las miserias de la sociedad ("La Taberna", "La Tierra"…) y el que, levantando la vista de esa humanidad vesánica, soñando, entreveía un bello futuro ("Trabajo", "Verdad", "Fecundidad"…) "La poesía es la necesidad más absoluta del género humano" – ha escrito Zola. Su novela "París" participa de ambos Zola. En ella pinta, a la vez que las mezquindades y estulticias de su existencia, los sueños de algunos utopistas, como el ácrata Salvat o el químico Guilermo Froment. En labios de éste pone Zola su presciencia de paz para una humanidad futura. Guillermo Froment, confidenciándose a su hermano Pedro, un abate que, después de haber presenciado el comercio de la superstición en Lourdes y el poluto teje y maneje de la política vaticanista en Roma, ha perdido la fe en su religión. Este abate, ayer sincero creyente, ahora desorientado, sufre. Entonces el químico Guillermo Froment le habla de su secreto: "Si yo fuese poeta me convertiría en un nuevo Lucrecio, soñaría en reconciliar la poesía y la ciencia" – afirma Zola.

Desgraciadamente para él, Zola desconoció a Marx.Cuando sus soñadores hablan saltando por sobre el terrible presente que están viviendo, citan a Saint Simon, a Cabet a Fourier, a Proudhom… No citan a Marx – Engels. No los conocen, puesto que tampoco Zola, su creador, los conoce. (Ahí está ese "marxista" – así lo llama él – de su novela "El Dinero", hablando siempre como un perfecto utopista). El sabio Guillermo Froment, como Saint-Simon o Fourier, anhela la paz del mundo. Cree haber logrado la realización de su sueño mediante la invención de una pólvora poderosísima y de un cañón especial para su uso. Con tal arma, los enemigos se extinguirían mutuamente. La guerra se haría imposible. Oigamos a Guillermo Froment en las confidencias a su hermano, el cojijoso abate que ha visto derrumbar sus sueños de fraternidad humana mediante los que él creyó discípulos – y son Judas – de Cristo.

"Guillermo – escribe Zola – habló de su invención, un explosivo nuevo, una pólvora de tan extraordinaria potencia que sus efectos eran incalculables. Había descubierto el uso de esta pólvora en una máquina de guerra, bombas lanzadas por un cañón especial cuyo empleo debía asegurar una decisiva victoria al ejército que de él se sirviese…" ¿Pero qué piensa hacer con tan peligrosa arma? Como buen utopista, Guillermo Froment tiene un pie en el mundo del porvenir, mundo de fraternidad y otro en el mundo en que vive, mundo de odios y prejuicios. Zola lo defiende diciendo: "No lo cegaba el patriotismo", empero, Guillermo Froment, piensa dar su terrible arma a Francia, pues en él existe aún el foso de rencor que le dejaba la Alemania de 1870, la vencedora de "Napoleón, le petit": "Creía en la nación iniciadora, en Francia, y sobretodo en París, hoy cerebro del mundo – principios del siglo XX – de donde debe partir toda esencia y toda justicia…"

Pero los acontecimientos vienen a demostrarle al químico Froment que está equivocado, que no es de un belvedere de sabio o de una torre de marfil de "artista puro" como se perciben las socaliñas y crueldades de los hombres ansiosos de poder y goce: El anarquista Salvat, su amigo, le roba un cartucho de pólvora y con él comete un atentado loco. Guillermo Froment asiste a la salvajina de la persecución de Salvat y al repugnante espectáculo de su guillotinamiento. Otros hechos sociales, todos expresión de la sevicia del mundo burgués, inciden en el pensamiento del químico. Pasan los meses. Reflexiona. Y entonces lo volvemos a encontrar bastante distinto, aunque todavía, como es siempre un pensador solitario sin contacto con la calle, ideador de macanas, más o menos generosas, pero macanas siempre. Ahora piensa emplear su pólvora para echar abajo una catedral un día de solemne fiesta y perecer él mismo, junto a gobernantes, banqueros, militares y clero empingorotado. Una venganza a lo Sansón bíblico que se hace aplastar con todos los filisteos.

"No he renunciado de mi proyecto – confidencia a su hermano – me he limitado a transformarle. ¿No te había confiado mis dudas y ansiedad? Me he estremecido ante los delitos de nuestro gran París, que acabamos de presenciar y me pregunté si era justo confiarle la omnipotencia"…"No, yo no quiero perpetuar la guerra, yo deseo matar a la guerra" – dice el sabio místico. La segunda parte de su plan es donde sale a luz la videncia de Zola. Dice: "La guerra se terminará al fin, amenazada por sus propios excesos… ¡Qué grito de alivio resonará cuando aparezca una máquina formidable que aniquilará de un golpe a los ejércitos, barriendo las ciudades, imposibilitando la guerra y obligando a los pueblos al desarme general! La guerra que todo lo mata, morirá a su vez".

Guillermo Froment ha dejado un albacea de su invento. Después que el muera en la explosión de la iglesia, ese albacea enviará "a cada gran potencia la fórmula del explosivo, los dibujos de la bomba y del cañón especial; y si hace a todos los pueblos el regalo terrible y destructor que en un principio quiso hacer sólo a Francia, es con el objeto de que todos los pueblos, igualmente armados del rayo, se desarmen al fin por el terror y la inutilidad de aniquilarse".

Zola escribía esto sin haber visto los estragos de la aviación aniquilando pueblos inermes y no podía pensar, ni remotamente, en los efectos de la desintegración del átomo. Pero he aquí que su sueño, su visión de paz, es la misma de los más grandes científicos de ahora, de estos que han vivido los desastres de la aviación y conocen los secretos de la bomba atómica y la de hidrógeno. A su cabeza está el gran Albert Einstein. Esos ocho sabios – entre ellos cinco premios Nobel – representantes conspicuos de las universidades de Inglaterra, Alemania, Polonia, Estados Unidos de Norteamérica y Japón, hablan con palabras que parecen las de Guillermo Froment, el químico creatura de Zola. Estos sabios alertan: "He aquí el problema que presentamos en forma desnuda y terrible: ¿Vamos a poner fin a la raza humana o renunciará la humanidad a la guerra, definitivamente?"

Las bombas atómica y de hidrógeno – ante las cuales el explosivo de Guillermo Froment es un juguete – amenazan con la muerte súbita a unos pocos, pero con una muerte lenta, angustiada, precedida de enfermedades y desintegración para la mayoría. Tal es la advertencia que esos ocho sabios hacen a los señores de los trust que ven en la guerra una solución a los conflictos entre el capital y el trabajo, o sea, entre la holgura de unos pocos bastardos y el deseo, cada vez más encendido, de la gran mayoría de los hombres para transformar la vida de todos en vida de civilizados, y dejar en el recuerdo de la prehistoria las soluciones de la violencia premeditada en las cajas de hierro. En la novela de Zola, el ex-abate Pedro Froment, pues ya colgó los hábitos, se apodera del explosivo e impide el atentado a la basílica. El químico Froment lo emplea, al fin, para perfeccionar un motor con el cual le dará trabajo a millares de hombres. Esta otra misión de Zola, ¿Por qué no ser una realidad? ¿Qué no podría realizarse utilizando, pacíficamente, la desintegración del átomo? ¿No hará esto que el álgido problema del petróleo – en la Argentina sea un caso – pase a segundo término, que aún sin desaparecer, dado que siempre se utilizarán sus subproductos, le ocurra lo que al carbón? Ello significaría una revolución científico – económica trascendente, como lo es toda revolución, si es verdadera.

Pone esto a la vista la proyectada sesión del petroleo patagónico al imperialismo norteamericano. Lo peligroso de ello se halla, no sólo en la entrega de una riqueza nacional a un pulpo de antecedentes macabros en toda América latina, sino que, por las condiciones del contrato, la potencia imperialista del norte podría establecer, casi desde el Atlántico a los Andes, bases militares marítimas y aéreas, algo parecido a lo que el entreguista gobierno del dictador Franco ha hecho en España. Una solución que sería gravísima para toda Sudamérica.