Ensayos y recopilaciones

ALGO MÁS SOBRE LA POESÍA Y SOBRE LOS POETAS

Un artículo mío que apareciera en el semanario "Orientación" del 10 de octubre, acerca de la poesía y de los poetas jóvenes, ha tenido la virtud de hacer hervir la sangre, explicablemente levantisca, de éstos. Voy a insistir sobre el tema.

Un párrafo de mi artículo fue el más zarandeado: "Un arte hermético pierde la misión de tal, que es la de llevar las adquisiciones del campo ideológico – o filosófico -, inaccesibles aún para la mayoría, al campo de la sensibilidad donde la emoción humana constituye su oxígeno".

Lo aclararé, ya que parece necesario: Esta es, en mi concepto, la misión de la gran poesía, la poesía épica. Y la épica ni ha muerto ni ha dejado su lugar a la novela. Sólo ha cambiado de norte. La poesía épica del siglo XX no es la de Fidurzi ni la de Ercilla. La épica de hoy no exalta glorias – o lo que fueren – del pasado guerrero, sino la que canta los combates y los héroes de la lucha de clases de la cual las guerras imperialistas no son más que una anécdota.

La actitud de algunos de los poetas líricos es la de repetir el equivocado concepto de que la épica fue un género del pasado, y niegan la poesía política o social, o como quiera llamársela, sin reparar en que hoy se llama arte "social", o "político", o "dirigido" o "revolucionario", lo que ayer se llamó épico. Pero Ovidio no hubiese negado a Virgilio ni Petrarca a Dante.

En cuanto al plano de la poesía lírica, pueden suponer los poetas que lo frecuentan que él se halla lejos del filosófico, de las adquisiciones ideológicas de nuestro siglo y de nuestra clase social; pero no es así. Su sentimiento, aunque el poeta no lo crea, está influido por su manera de pensar. Si un poeta lírico revolucionario, sea el caso, canta el amor o se afronta al problema de la muerte; lo hará exponiendo sentimientos distintos a los de un poeta lírico fascista. Para el primero, la mujer es una compañera; para el otro, puede sólo constituir un objeto de placer. No concibo que un poeta lírico, revolucionario en su pensamiento, cante a la mujer llamándola "bella enemiga", como es común leerlo en poemas amorosos de líricos afectados de tranquilidad ideológica. Frente a la parte de dolor que le corresponde en la vida, un poeta ateo y uno creyente lo contarán con sentimiento muy distinto, y este sentimiento les viene de la distinta manera de pensar.

v ¿Podemos concebir un poeta lírico – revolucionario en sus ideas – temblando ante la idea de morir? Y esto es habitual leerlo en poemas líricos de gente ajena a las inquietudes filosófico-sociales.

La búsqueda de Dios, angustiosa en algunos líricos, ¿la aceptamos en los poemas líricos de un poeta con preocupaciones de inmediato mejoramiento social? ¿Puede éste, si hubiera nacido con la inclinación oscarwildeana, exhibir su desventura sexual, o su toxicomanía si la tuviese? Y tamañas "sutilidades", si así las queréis llamar, no sonrojarían la pluma de otros líricos.

Muchas de las zozobras, temores y dudas, recónditas intimidades de su sentir, que Rubén Darío transformó en poemas de admirable perfección técnica, si nos despojamos del profesional, y como hombres los analizamos, nos resultan de una puerilidad inconcebible.

Y cito a Darío porque continúa siendo el insuperado en cuanto artífice de la expresión.

Darío deambuló de su paganismo orgánico a un catolicismo sensual que llenó de diosas de carne, de angustias por la carne y de temores medievales a sus alejandrinos. Sin esta niebla filosófica, ¿Darío no hubiese exteriorizado otros sentimientos?

Hay poesía épica y lírica. Quienes no puedan intentar la una, sinceros consigo mismos, hagan la otra: pero no la nieguen como poesía. Hubo un Homero que cantó la guerra de Troya. Hecho que hoy no sentimos, y hubo un Anacreonte que cantó el amor, sentimiento tan inmortal como la humana raza. ¡Y de Homero a Anacreonte hay grados que descender, sin embargo!

El error más grande en que podemos incurrir, discerniendo sobre asuntos de arte, es el de presentar este o aquel nombre como el de inmutables ejemplos. Este achaque de profesor de literatura, lo tienen algunos jóvenes. Y en arte no hay autoridades. Además, cada generación se crea un ídolo que, con el tiempo, según a todo ídolo corresponde, se resquebraja. Siendo yo niño, se llamaban Becquer, Nuñez de Arce, luego Almafuerte o Darío, hoy Juan Ramón Jiménez – y, por razones circunstanciales, García Lorca, tan pleno de gracia y frescura populares.

Espero que alguno de los jóvenes, hoy idólatras del ambiguo Juan Ramón Jiménez, vivan lo bastante para ver cuánto va a quedar y qué va a quedar de la obra de este poeta tan excesivo en apariencia, porque no pocas veces se repite a sí mismo.

Y no me pongan por delante el fantasma autoritario de Maiakovsky, pues la mayoría de quienes citan al poeta soviético sólo lo conocen traducido en prosa. Puede ser que haya sentimientos tan sutiles, tan laberínticos, tan delicados, que sólo deban exteriorizarse herméticamente, según apuntaba Celina Munín Iglesias en "Platea Club". El argumento no deja de ser atendible, pero es peligroso. Escudados en él, los que nada dicen se arrogan el derecho de sonreirnos, compasivamente, por nuestra bastedad. Ayer - Heine o Schiller – hoy mismo poetas intensos, complejos, sutiles; han expresado la intimidad de su alma con lúcida nitidez. ¿Se ha atomizado tanto el alma moderna que ya no pueda decir con clara palabra lo que siente ante la naturaleza, ante la mujer, ante el hijo, ante el dolor o ante la muerte? El alma humana no evoluciona con rapidez. Aún el mundo está en la barbarie. Después de la pasada guerra se nos habló de una "nueva sensibilidad". Esta otra guerra nos dice acerca de lo apresurado que era su proclamación. Cuanto más es la superioridad de un hombre, más deberes se adjudica a sí mismo. Frente a la tragedia del mundo, ¿cuál es la actitud de los poetas, seres humanos superiores?: ¿Acaso la de jugar con las palabras, la de introspeccionarse para expresar con frase confusa las supuestas, posibles exquisiteces de su sentir? ¿O acaso la de salirse de sí mismos, darse al dramático momento del orbe y expresar con verbo viril y bien inteligible la condenación de la barbarie ancestral, ahora resurrecta?

Pondré el caso de los poetas judíos, por ejemplo. Yo me abstendría de calificar al escritor que, siendo judío y presenciando el recrudecimiento de su tragedia racial, dejase a su pluma de poeta adormecida en los meandros de su psiquis, mariposeando a la búsqueda de lo exótico…

Muy otra fue la actitud de Pablo Neruda, para citar un nombre caro a los poetas de la más cercana promoción. El la explica en su poema "Es así": "¿Y dónde están las lilas? ¿Y la metafísica cubierta de amapolas? ¿Y la lluvia que a menudo golpeaba de agujeros y pájaros sus palabras, llenándolas?"… Simplemente se limita a responder a quienes puedan reprocharle no persistir en su antigua manera de arte puro, apolítico, inactual: "¡Venid a ver la sangre por las calles, venid a ver la sangre por las calles, venid a ver la sangre por las calles!"

Cabal respuesta.

Pero un verdadero y grande poeta tampoco necesita ver con los ojos de su cara esa sangre ni oír el grito de dolor taladrándole los oídos. Tres continentes tintos en sangre humana y acribillados de alaridos, ¿no son bastantes para sacar de su sonambulismo a los poetas de América?

Por último: No sé cómo alguien quiso suponer que yo, al abogar por una poesía rítmica de forma y clara de expresión; pudiera con ello preconizar la factura de tangos y valses, aunque éstos tuvieran letra revolucionaria.

¿Para qué resbalar hacia la fácil mala fe?

Hablando de arte social, yo lo he definido:

"Tener espinas, pero siendo rosa".

Las alas de este endecasílabo me ponen por encima del alcance de las malas interpretaciones.

Al polemizar en arte, como en política o en filosofía, el mayor número de los polemizantes no defiende una teoría elevada. Se defienden a sí mismos, a su capacidad o sus intereses. Por esto, ni estetas ni filósofos ni políticos acaban por ponerse de acuerdo.

De antemano renuncio yo a ponerme de acuerdo con los jóvenes líricos que disienten con mi manera de enfrentar el arte de la poesía. Buscando el hermetismo, desentendiéndose de la tragedia humana; suponen ellos que serán originales. Todos tenemos el derecho de buscar originalidad por cualquier camino. A mi vez, me reservo el derecho de esperar que, de estos herméticos y aristocráticos, aquel que en verdad lleve en su espíritu fuego de arte; sentirá algún día la necesidad de transformarlo en palabras que los demás hombres puedan comprender. Pero entonces también sabrá que en sus palabras va un haz de luz a regalarse sobre la oscura miseria humana.

Disertación en Platea Club el 20 de octubre de 1940.-